Dan Berkenstock, investigador en la Institución Hoover, ha estado reflexionando mucho sobre la creciente importancia de la luna en la política global, especialmente la rivalidad entre EE. UU. y China. Su interés proviene de una experiencia personal: su abuela tomó una foto del alunizaje de Neil Armstrong en 1969, una imagen que aún conserva en su escritorio. Durante la universidad, trabajando en el Centro Espacial Johnson de la NASA, conoció a algunas figuras legendarias de la era Apolo, lo que le dejó una profunda impresión. Explica que tres grandes tendencias están impulsando la superficie lunar al centro de atención: el ascenso de China como competidor estratégico, el traslado del desarrollo tecnológico avanzado de laboratorios gubernamentales a empresas privadas, y la demanda creciente de la humanidad por energía y capacidad de cómputo. De estas, el ascenso de China es el asunto más urgente. El prestigio ligado a los logros lunares es un gran motivador para China, dando a EE. UU. un nuevo enfoque nacional en política espacial tras décadas de relativa calma.\n\nAl preguntarle por qué los países querrían una presencia permanente en la luna, Berkenstock señala más allá del mero prestigio hacia el potencial de la luna como fuente de energía limpia y escalable. Destaca el helio-3, un isótopo raro encontrado en el suelo lunar, que podría alimentar reactores de fusión nuclear y satisfacer las necesidades energéticas de la humanidad por miles de años. Esta posibilidad podría marcar la primera actividad económica sostenible más allá de la órbita inmediata de la Tierra, abriendo nuevas fronteras en el comercio espacial.\n\nLa luna también presenta un desafío único comparado con los ámbitos geopolíticos tradicionales. Desde la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. ha dominado casi todos los dominios en la Tierra, haciendo cumplir un bien común global que incluye rutas marítimas vitales. Pero la situación legal en el espacio es mucho menos clara. El Tratado del Espacio Exterior (OST) de los años 60 prohíbe reclamaciones de soberanía sobre cuerpos celestes pero carece de medidas de cumplimiento, haciéndolo esencialmente voluntario. Esto deja un vacío legal por el cual países, incluyendo China, podrían retirarse del tratado y reclamar territorio lunar, potencialmente incluso toda la luna. Tal movimiento tendría grandes implicaciones de seguridad, especialmente porque el OST prohíbe el despliegue de armas nucleares en órbita. Al mismo tiempo, las órbitas terrestres se están volviendo congestionadas y disputadas, complicando aún más las cosas.\n\nOtra complicación es la incapacidad actual de EE. UU. para proyectar poder en la luna. A diferencia de los dominios terrestres, no hay una presencia militar clara ni un mecanismo de respuesta para conflictos lunares. Incluso no está claro qué rama militar manejaría tal escenario, con la Fuerza Espacial aún definiendo su rol. ¿Es más como los Marines con capacidades de combate multidominio, o más un organismo coordinador? Esta ambigüedad añade al desafío estratégico.\n\nEl enfoque lunar de China contrasta con la estrategia fragmentada y con presupuesto limitado de EE. UU. tras Apolo. China ha integrado sus ambiciones lunares en su estrategia nacional más amplia, buscando aumentar prestigio y mostrar destreza tecnológica. Ambos países buscan asociaciones internacionales: EE. UU. a través de los Acuerdos Artemis, China mediante la Iniciativa de la Estación Internacional de Investigación Lunar. Sin embargo, legislaciones estadounidenses como la Enmienda Wolf de 2011 restringen a la NASA y otras agencias de colaborar con China, empujando a China a seguir misiones y desarrollos independientes.\n\nSobre el posible conflicto, Berkenstock señala que la mayoría no se da cuenta de que la superficie utilizable de la luna es aproximadamente el 75% del tamaño de EE. UU., pero solo una pequeña fracción es terreno privilegiado. La ambigüedad legal sobre la propiedad de recursos complica las cosas: mientras el OST prohíbe reclamaciones nacionales sobre territorio, la ley estadounidense permite a ciudadanos poseer y vender comercialmente recursos espaciales extraídos. Esta postura contradictoria podría muy bien encender disputas sobre recursos lunares. Aunque admite no ser experto legal, ve esto como una probable fuente de tensión y posible conflicto, sin importar cuán intenso o limitado sea.